14- BAJA CALIFORNIA

March 19, 2018

 

 

Cruzamos nuestra primera frontera con muchos nervios y un poco de miedo. No es una novedad que México es un país con mala fama. Y si bien nuestros viajes nos vienen demostrando que no hay que hacerles mucho caso a las habladurías, eran tantas las personas que nos advertían de los posibles peligros con los narcos, con el cartel etc que en algún punto terminan por asustarte. Para nuestros adentros nos preguntábamos si estaríamos haciendo una locura.

 

Habíamos pasado nuestros últimos tres días de Estados Unidos en San Diego, con Sofí (una amiga argentina que conocimos en nuestro viaje a Australia) y su novio Migue, que estaban de vacaciones recorriendo la costa oeste y justo esa semana habían alquilado una casita allí. Esta quedaba a media hora de la frontera con Tijuana, por lo que la última noche aprovechamos y dormimos en su estacionamiento, para levantarnos al día siguiente bien temprano e ir a la frontera a primera hora.  

Llegamos a eso de las 8 am y nos sorprendió la organización, limpieza y orden que reinaban. Presentamos nuestros pasaportes, hicimos los papeles del auto y en media hora ya estábamos arriba del bus. Empezábamos bien.

 

 

Lo primero que nos dimos cuenta a medida que el bus avanzaba, es que Baja California es muy distinto al México que esperábamos encontrar o que conocíamos por fotos. Cuando entrás al país por este lado, lo primero que ves son cactus. Y lo segundo, tercero y me atrevo a decir cuarto, también son cactus jaja. Después kilómetros y kilómetros de ruta desierto y silencio.

 

Veníamos de una California pasada por agua, donde se supone que no llueve y hace calor todo el año, (menos al parecer cuando nosotros estuvimos), deseando un poco de calor y sol, pero realmente no estábamos preparados para las temperaturas que México tenía para ofrecernos.

 

 

En el bus tenemos aire acondicionado, pero no anda, y siempre hacen unos cuantos grados más que afuera. Pasábamos horas manejando sin encontrar ningún pueblo o restaurante en el camino, con hambre y calor. Prender nuestra cocinita y cocinar con ese calor no era una opción, y para colmo, las baterías que habíamos instalado junto con los paneles para alimentar la heladera, luces, enchufes y ventilador, trabajaban a todo trapo, pero nunca daban abasto con ese calor, asique tuvimos que elegir entre tener heladera o ventilador. Y ganó el segundo. Compramos una heladerita de Telgopor en un supermercado, y la llenábamos de hielo y agua para enfriar al menos algunas cosas.

  

Por las noches dormíamos en traje de baño, con nuestro ventilador trabajando en su máxima potencia y con una botella de agua siempre a mano para tirarnos en la cabeza y el cuerpo en los peores momentos de calor.

 

 

Con los días, a medida que recorríamos “Baja”, conocíamos a los locales, comíamos en los puestitos de la ruta y dormíamos en playas increíbles, el miedo generado por tantas advertencias se fue esfumando, y fuimos descubriendo un país alucinante, lleno de gente humilde y trabajadora siempre dispuesta a ayudar o conversar con unos viajeros desconocidos, y una comida que no nos cansábamos de saborear.

 

No tardamos mucho en recorrer esta parte de México ya que no había muchas olas para surfear, pero sobre todo porque queríamos encontrarnos con unos amigos nuestros, Marcos y Paz, que iban a estar con su familia de vacaciones en Cabo San Lucas. Marcos es muy amigo nuestro, y testigo de nuestro casamiento. Yo lo conozco desde los tres años, y su familia es como una segunda familia para mí, asique cuando nos enteramos que íbamos a estar tan cerca no dudamos en acomodarnos un poco para pasar un par de días con ellos. Después de dos días muy lindos compartiendo con amigos de toda la vida, nos despedimos y seguimos camino.

 

 

Nos faltaban unos pocos destinos antes de cruzar a México continente. Manejando llegamos a un spot de surf que nos habían recomendado y nos encontramos una agradable sorpresa: ¡Viajeros! Casi por primera vez en el viaje nos encontrábamos con otros viajeros. Nos dimos cuenta que eran viajeros por que en la playa había estacionada una gran ambulancia, con un bote en el techo, una moto enganchada de unos rags en la parte trasera, una carpa armada junto a la ambulancia, y enganchada al techo de esta, una vela de velero dando sombra. Nos bajamos del bus y nos presentamos. En la ambulancia viajaban Ian, (@vanlife_ian_dow_travels) un chico de unos 33 años de California, con su perro Dino (@dinodogtravels), y un amigo llamado Dylan, de 30 años también de California. Este último dormía en la carpa.

 

Nos contaron que habían pasado la noche allí y que había muy buenas olas. Asique decidimos pasar la noche ahí también. Al rato llegó una van blanca y larga con patente de California, y de ella se bajó una pareja. Eran Charlie y Jaz, (@wild_open_spaces) australianos que al igual que nosotros habían volado a Estados Unidos para comprar la van y comenzar su viaje.

 

 

No mucho más tarde llegó una cuarta van. Esta vez viajaban en ella Ashley, una chica de 24 años de Florida, con su perro.

 

Con esta lindísima banda pasamos 6 días increíbles acampando frente al mar, haciendo fogones bajo las estrellas, charlando, compartiendo experiencias, viendo películas proyectadas en la ambulancia de Ian, y surfeando.

 

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